Sobre el mantel de lino blanco una copa de vino espera que los sensuales labios de Ella acaricien su superficie.
Una vez allí dejó que su néctar se mezclase con la saliva y juntos se deslizaron sosegadamente tras la vorágine de la deglución.
Al rato de aquella boca salieron dulces alabanzas que hicieron mella en su acristalada superficie mostrando para ello la huella violácea del suntuoso caldo al cual había ofrecido su albergue.